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Dónde RoundCornear (I)

De las emociones que tanto curvas como destino pueden despertar despiertan (qué narices!)

Algunas son las curvas que he recorrido, parte de carreteras que llevan a destinos tan variados como lo son sus vértices. En todas pienso que dejo algo de mí para que despierte mis emociones cuando vuelvo y me recuerden el camino a modo de baldosas amarillas. Hay a quien algún olor o algún sabor les evoca otro tiempo, otro mundo. Yo, qué le vamos a hacer, lo evoco con el asfalto.

Como en todo, hay carreteras que suscitan más sentimiento que otras. A las cosas se las llama por su nombre y el de la susodicha es CV-390. Frío y desconocido para la gran mayoría (si no la totalidad) de los lectores, es más conocida por “carretera a Benagéber”, “las curvas de Benagéber” o, simplemente, “las curvas”. Dependiendo del aguante del estómago de cada uno, hay quien añade un adjetivo poco amoroso antes.

La salida puede ser desde uno prefiera, pero el viaje empieza cuando acaba el pueblo de Casas de Medina, cerca de Utiel. A partir de la franja roja diagonal empieza una sucesión de curvas que durante veintipico kilómetros dibujan una de las sonrisas más sinceras en la cara de quien escribe (y conduce).

La bienvenida es noble y agradable. Se van enlazando curvas rápidas que permiten superar (quien quiera) los 60km/h de límite en todo el trazado. Es un principio para acostumbrarse y sentirse cómodo. Se le toma el ancho a la carretera sin marca de carril; al firme y a los pequeños baches que colocan el coche en curva. El cambio de marchas, hasta ahora en 2ª/3ª, se permite un desahogo al encarar una recta que aparece apenas unos pocos giros después de empezar. Te acostumbras. Disfrutas. Te confías. Pringas.

Justo después de la segunda recta (hay quien dice que se puede ir a 100km/h) una curva a derechas se cierra un poco más que las anteriores. Un pequeño susto que el freno consigue enmendar. Parece que solo ha sido eso, un sustillo, y las rectas que vienen a continuación quieren corroborarlo. Otra curva a derechas. Como antes, pedal central y a seguir. Error. En más ocasiones de las deseadas he visto cómo el coche no digiere bien el segundo radio dentro de la curva y juguetea con el quitamiedos opuesto.

Esta curva de giro cambiante marca el inicio del resto del tramo. Curvas más cerradas, más exigentes. Más emocionantes. No vale con soltar gas y encarar la tonelada y pico que llevas mientras piensas en El Campamento que te espera al final. Los problemas del mundo se quedan atrás y has de prestar atención a los que te vienen. Si las cuidas y las tratas con dulzura, las curvas te devolverán la satisfacción del trabajo bien hecho. El error, en cambio, puede llegar a pagarse caro.

He hecho este tramo más veces de las que puedo recordar y menos veces de las que deseo. En palabras de Will Turner “Al menos una vez más, Señorita Swann. Como siempre”. Lo he disfrutado a lomos de mi Rocinante, a ritmo alegre pero sin pretensiones. He marcado cronos cada vez más bajos con varias Furgonetas Blancas™ (que en varias ocasiones resultó ser gris). La rapidez de un coche alquilado es difícil de superar. Hasta me he asustado con una Furgoneta más grande y mucho más cargada. Pero eso es otra historia.

La historia de verdad es que este es un viaje en el que el destino importa tanto como el camino que se recorre. Sin embargo, llegar sin recorrer el camino lo hace falto de ese noséqué, de esa sonrisa boba que aparece al final de la película. Como cuando todo acaba bien sin saber cómo. Porque, ¿Cómo iba a acabar bien?

“¿Cómo?” Porque Benagéber siempre es el final feliz.

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  1. Nines

    Bueno, todo será cuestión de probar esa maravillosa sensación que describes, y llegar “al campamento” con esa sonrisa boba. Ya te diré

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